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7 de agosto de 2015

Una vida difícil y navegada

Luciano Álvarez

En mayo de 1954 se rebelaron los presos del Gulag de Kengir. Amparados en la ilusión de que la muerte de Stalin fuera el origen de un nuevo tiempo expulsaron a los guardias y se organizaron para crear un efímero período de libertad.
No pretendían escaparse -eso era imposible-, apenas vivir como humanos. Formaron un gobierno provisional sobre bases democráticas; hombres y mujeres, hasta ahora separados por vallados, pudieron recuperar las sensación del contacto de sus cuerpos, hubo diversiones, actividades culturales, cultos religiosos y casamientos. Uno de los prisioneros, Aleksandr Solzhenitsyn, relató aquella ilusión de cuarenta días en el tercer tomo de Archipiélago Gulag.

A pesar de las negociaciones, todo terminó al amanecer de 26 de junio: soldados y tanques soviéticos entraron al campo y en diez minutos brutales terminaron con la revuelta. Los muertos y heridos se contaban por centenares.

Solzhenitsyn escribe: “Aquella noche en el hospital del 2º campo se encendió el quirófano: operaba el cirujano Fúster, un preso español”.

La enfermera Luibov Bershádskaya también dejó su testimonio: “Fúster […] me pidió que estuviera cerca de la mesa de operaciones y anotara el nombre de los que todavía podían pronunciarlo. […] Se pasó dos días con sus dos noches operando a heridos, sin parar, solo tomando té; al tercer día, cayó desmayado”.

Julián Fúster llevaba seis años en Kengir, un destino que nunca hubiese imaginado cuando llegó a la Unión Soviética. Había nacido en 1911, hijo de un militar catalán, se recibió de médico en 1935 y en 1936 se afilió, al ala catalana del Partido Comunista. Durante la guerra civil ocupó la jefatura de Sanidad del XVIII Cuerpo del Ejército republicano.

Caída Cataluña, en febrero de 1939 pasó a Francia y de allí a la Unión Soviética. Formaba parte del grupo privilegiado de miembros del Partido Comunista destinado a integrarse a los primeros escalafones de la sociedad soviética. En 1941 se enroló en el Ejército Rojo y fue cirujano jefe del hospital de Evacuación de Ulianovsk. Sus méritos de guerra se sumaron a su capacidad y obtuvo nuevos puestos; en 1946 entró a trabajar en el Instituto Burdenko de Neurocirugía.

Su integración a la sociedad soviética parecía exitosa. Su personalidad extrovertida, simpática, cultivada, aderezada por una bien ganada fama de mujeriego, le otorgaron un círculo de amistades. Se casó, primero con una española y luego con una rusa y tuvo dos hijas.

Pero Fúster estaba lejos de ser un oportunista y menos aun un miope y sordomudo moral. No le gustaba lo que veía. Entonces pidió la visa para radicarse en México, donde vivían su madre y su hermana. Fue el comienzo del acoso y la muerte civil. Un alto dirigente del partido comunista español le comunicó que la mera gestión de un pasaporte era, para ellos, indicio de un delito de anticomunismo y lo expulsaron del partido. Un día en el hospital le llamaron al orden por haberse olvidado de marcar la tarjeta de entrada. Fúster se enfrentó con el director y le apabulló con una serie de réplicas irónicas, sin perder la sonrisa. Era lo que esperaban: fue despedido por conducta antisoviética.

A pesar de lo precario de su situación, Julián no se privó de describir, en cartas -hipotéticamente destinadas a su hermana- la terrible situación de numerosos españoles en la Unión Soviética: hambre, mortalidad infantil, tuberculosis, suicidios y prostitución: “La culpa directa […] es de los dirigentes criminales del PCE, que son agentes mercenarios de Moscú. Aquí están sus nombres: en primer lugar Dolores Ibárruri, que sea maldito su nombre y que se coman los perros sus huesos; [...] Esta gente nunca logrará salir de Rusia porque para cualquier español honrado será un honor aniquilarlos”.

El 8 de enero de 1948 fue arrestado. Le esperaban ocho meses de duros interrogatorios en la Lubianka, cuartel general de la KGB (entonces llamada NKVD). El primer interrogatorio comenzó por el clásico: “¿Sabe por qué está aquí?” La respuesta no pudo ser más española: “Sí, tenía ganar de caer en sus manos para decirles que son todos unos hijos de puta y unos cabrones”.

Pero la tortura le hizo firmar toda las confesiones que le pusieron delante y fue condenado a veinte años de trabajos forzados, con el consuelo de que en el Gulag volvió a ejercer la medicina. Sus compañeros le adoraban por su calidad humana, su humor y su devoción al trabajo médico. También los carceleros lo respetaban, aunque cabeza dura e insolencia eran poco prácticas en el Gulag. Cuenta Solzhenitsyn que el coronel Chechev ordenó: “¡Que lo manden a la cantera! Dicho y hecho. Poco después enferma el propio jefe y hay que operar. Hay más cirujanos y podría ir a un hospital central, pero no, solo confía en Fúster. ‘¡Que traigan a Fúster de la cantera! ¡Me vas a operar!’ (pero se le murió en la mesa).”

En 1955 fue liberado; cuatro años más tarde, en mayo de 1959 pudo salir. Pasó por España y siguió viaje a Cuba, donde se encontraba, ahora, su familia. Es posible que la recién nacida revolución cubana reverdeciera viejas ilusiones, pero le bastó escuchar uno de los maratónicos discursos de Fidel Castro para leer entrelíneas. Escribió algunos artículos críticos en los que sospechaba que más allá de los rosarios y las medallas que usaba y sus apelaciones democráticas, Fidel era alumno de aquellos que ya conocía. Pronto notó que lo estaban siguiendo. Era hora de irse; volvió a España pero sus antecedentes “rojos” le impedían conseguir empleo, entonces logró un puesto en la Organización Mundial de la Salud y se fue al Congo hasta que la guerra civil obligó a su evacuación en 1964. En 1965 le llega la felicidad. Consiguió trabajo como cirujano en el Hospital Municipal de Palafrugell, una localidad de unos diez mil habitantes, sobre la Costra Brava catalana. Allí conoció a Carmen Ruiz y tuvieron un hijo en 1971. Su calidad humana pronto lo convirtió en un personaje del pueblo. Josep Pla, célebre escritor catalán, vecino suyo, escribió:

“Es un hombre que lo entiende todo porque prescinde de los prejuicios y de los convencionalismos. He tenido ocasión de hablar de muchas cosas con él. […] El hecho de que haya meditado, con la profundidad que lo ha hecho […] es un fenómeno insospechado y admirable. […] ¡Qué vida más larga, difícil y navegada!”. Julián Fúster murió el 22 de enero de 1991.

http://www.elpais.com.uy/opinion/vida-dificil-navegada-enfoque-alvarez.html

La opinión de la autora de este blog no coincide necesariamente con la existente en el material recopilado. Este es un blog de recopilación de datos, testimonios, artículos y otras publicaciones.   

3 de mayo de 2015

'Mi padre nunca tuvo miedo a decir la verdad. Eso es lo que le llevó al Gulag'. Entrevista a Rafael Fuster, hijo de Julián Fuster


Diari de Tarragona, 13 de abril de 2015
Xavier Fernández 




– ¿Qué recuerdos tiene de su padre?
– En los últimos años de su vida estaba enfermo. Pasamos unos años muy duros. Aún así tenía una fortaleza inmensa. Me di cuenta después. Cuando falleció yo tenía 17 años.
– Su padre estuvo lúcido pese a todo lo que había sufrido.
– Su mente estaba totalmente ilesa. Siempre fue muy vitalista, emprendedor, con una voluntad inquebrantable, pero más escéptico que de joven.
– ¿Le contaba cosas de su estancia en el Gulag?
– No. Quizá lo había encerrado en un cajón. A mí no me contaba nada. Quizá a sus amigos sí les relataba cosas.
– Fue muy amigo del escritor Josep Pla cuando vivió en Palafrugell.
– Sí. Incluso le hizo una dedicatoria en uno de sus libros. (Rafael alude a que Pla escribió de Fuster en Notes per a Sílvia: El doctor Fuster és una gran persona, molt intel·ligent, molt desenganyat, d’un escepticisme total. Ho entén tot perque prescindeix dels prejudicis i dels convencionalismes. He tingut ocasió de parlar-hi de moltes coses. Quina vida més llarga, difícil y navegada!)
– ¿Qué pensó su padre cuando regresó a España tras su odisea en la URSS?
– Le sorprendió muchísimo que nadie supiese lo que estaba pasando realmente allí.
– Al poco de volver a España, viajó a Cuba a ver a su familia, que se había exiliado.
– Nada más ver lo que pasaba con Fidel Castro, sacó a su familia de la isla y la trajo a España.
– Siempre estuvo unido a su familia, pese a todo.
– Yo me llamo Rafael, por un tío mío que murió asesinado en la Guerra Civil. Mi padre siempre recordó a su hermano con cariño. Su muerte fue una losa de la que no se recuperó. Al acabar la guerra, se exilió.
– Y, como tantos republicanos, fue internado en un campo en el sur de Francia.
– Sí. Y se enfrentó a uno de los responsables por el trato que daban a los exiliados. Fue invitado a la URSS y fue a gusto. Pero enseguida criticó la situación que observó. Nunca tuvo miedo a decir la verdad. Eso le llevó al Gulag. Ejerció como médico durante la II Guerra Mundial. Pidió volver a España y empezaron los problemas.
– Su padre contaba que entre sus ‘amigos’ había un espía.
– Sí. Explicaba a las autoridades las críticas que mi padre y sus amigos hacían al Régimen.
– También ejerció como médico en El Congo.
– No encontraba trabajo en España y le contrató la OMS. Al cabo del tiempo sí que pudo hallar empleo en Palafrugell.
– Y de Palafrugell a La Pobla de Montornès.
– Vino a Tarragona, le gustó mucho y compró una casa.
– ¿Qué ha aprendido de su padre? ¿Cree que mereció la pena su sufrimiento?
– He aprendido su pasión por la historia. Estoy seguro de que si mi padre volviera a vivir haría lo mismo. Seguro que él piensa que mereció la pena.

Perfil

Rafael Fuster es informático de profesión, pero le hubiera gustado ejercer de historiador. Quizá por eso guarda con mimo las fotos de su padre, que estuvo internado en el Gulag, algo que prefería no recordar.

http://www.diaridetarragona.com/tema-del-dia/40208/mi-padre-nunca-tuvo-miedo-a-decir-la-verdad-eso-es-lo-que-le-llevo-al-gulag

La opinión de la autora de este blog no coincide necesariamente con la existente en el material recopilado. Este es un blog de recopilación de datos, testimonios, artículos y otras publicaciones. 

1 de mayo de 2015

La lucha por la libertad en el país de los soviets. La fuerza gallega que retó a Stalin

Faro de Vigo

La negativa de republicanos a seguir viviendo en la URSS puso en jaque a los soviéticos que acabaron por encarcelar a gallegos disidentes » Un nuevo libro trata sobre ellos



A finales de los años 30 y principios de los 40, para una inmensa mayoría de republicanos españoles pisar la entonces denominada Unión Soviética suponía un "honor". No olvidaban que en la Guerra Civil, la cuna de Stalin había ofrecido ayuda material al bando republicano además de acoger a los "niños de la guerra" evacuados. Como añadido, en ellos, había hecho mella la propaganda de revistas soviéticas ilustradas que alababan la situación de campesinos y obreros del "país idílico del proletariado". Eran jóvenes, rebeldes. Algunos querían comerse el mundo, otros simplemente ser libres o vivir.

El destino quiso que personas como el piloto de aviación ourensano José Romero Carreira y más de medio centenar de marinos mercantes gallegos de los barcos de la República que trasladaban mercancías entre la URSS y España quedaran en la Unión Soviética sin posibilidad de regreso a casa o sin poder lograr un rápido traslado a países como México. Lo mismo ocurrió a niños de la guerra o a exiliados que se hartaron de la realidad soviética y desearon regresar a casa o, simplemente, cambiar de vida en otras latitudes.
Una buena parte de ellos, como ya es sabido, acabaron en los campos de trabajo e internamiento (gulag) acusados de traicionar a la patria de los soviets o de ser espías. La obra En el gulag. Españoles republicanos en los campos de concentración de Stalin, de la investigadora rumana pero afincada en España Luiza Iordache, profundiza sobre estas vidas que darían para meses y meses de metraje de películas.
La obra (RBA Libros), de 663 páginas, supone una de las investigaciones más detalladas sobre los republicanos españoles en los gulag. "Durante más de tres años, he ido tras la pista de los grupos de republicanos españoles en el gulag. He escudriñado casi una treintena de archivos, fundaciones, centros de documentación y bibliotecas, amén de buscar y rescatar del olvido algunos de los archivos personales de las víctimas", escribe Iordache en el volumen. En este, apunta que la cifra del exilio republicano español en dicha república alcanzó a 4.315 personas entre marinos, aviadores o estudiantes de la academia de aviación, niños, profesores o exiliados.
El libro repasa vidas, acontecimientos históricos, que hielan el alma al conocer la lucha -infructuosa para algunos, ya que fallecieron en los campos de concentración- de ser repatriados a España o enviados al extranjero reclamando a Stalin o Nikita Jrushchov su liberación.
En una carta desde el campo de Karagandá, en enero de 1947, dirigida a familiares de presos en Asturias, Pobra de Broullón en Lugo y Cáceres se señalaba que "llevamos diez años no pudiendo conseguir nuestra repatriación y los últimos cinco esclavizados, sino fuese una cosa tan delicada para un país que pregona tanto el bien".
Finalmente, la liberación llegaría para la gran mayoría en 1954, un año después de fallecer Stalin. Otros como el cirujano Julián Fuster Ribó -nacido en Vigo y del que el suplemento Estela de FARO ha publicado algún retazo vital- la liberación del gulag llegaría en 1955 pero el permiso para viajar a España no se produciría hasta 1959. "El médico -señala Iordache- fue a parar a uno de los campos concentracionarios más duros del archipiélago Gulag: Kenguir, el campo central de las estepas".
Allí, el 16 de mayo de 1954 vivió uno de los episodios más cruentos de la insurrección de los 40 días de Kenguir cuando los presos invadieron el campo de las mujeres y reclamaron mejor trato. "Hacia las cuatro de la madrugada -relataba el propio médico en un escrito recogido por En el gulag- me despertó el tronar de un cañonero. (...) ¿De dónde podía proceder? Podía imaginar y prever heridas de bala en la situación en que vivía el campo, pero heridas de metralla capaces de destrozar un muslo no las había vuelto a ver desde la terminación de la guerra. Pero en un campo de presos indefensos, desarmados, aquel cañoneo me dejó atónito. Siguieron a un primer herido decenas de otros que en pocos minutos llenaron todas las salas y pasillos del hospital. Eran las cuatro y media cuando entré en quirófano: allí estuve sin poder abandonarlo hasta el siguiente día por la mañana. Protagonista de dos guerras, un sudor frío me cubría el cuerpo. Mis ayudantes me comunicaron lo sucedido. A las cuatro de la mañana, mientras todos dormían en el campo, los tanques habían irrumpido en el campo con los cañones enfilados y vomitando metralla. Todo duró exactamente diez minutos". El resultado fueron 120 muertos, cientos trasladados a cárceles especiales y otros miles trasladados a otros campos de Siberia". Esta argumentación la escribió Fuster en una carta protesta a Jrushchov.

http://www.farodevigo.es/sociedad-cultura/2014/09/14/fuerza-gallega-reto-stalin/1093792.html

La opinión de la autora de este blog no coincide necesariamente con la existente en el material recopilado. Este es un blog de recopilación de datos, testimonios, artículos y otras publicaciones.